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Historias
y remixes de las minitecas de los 80
Hace 20 años, la escena juvenil
venezolana fue testigo de la transición de las
discotecas a las minitecas. No se trataba sólo de
artefactos electroacústicos, sino de un movimiento
autóctono, y muy rentable,que fue representativo del
feliz sentir nacional. En 2001, cuando se vive el apogeo de
los djs que pinchan discos para estrictas minorías,
es inevitable recordar a sus antecesores.
"Dancing with myself", de Billy Idol. "El jardinero", de
Wilfrido Vargas. "Whip It", de Devo. "Big in Japan", de
Alphaville. "El baile del mono", de la orquesta de Porfi
Jiménez. "Tarzan boy", de Baltimora, y "All night
long", de Lionel Ritchie. Son sólo algunos de los
hits bailables que definieron una época.
Auténticos himnos del disco que amenizaron los
anónimos momentos de alegría de asiduos a las
verbenas escolares, las patinatas decembrinas o las
memorables fiestas de 15 años de una época de
opulencia y derroche que definitivamente no volverá.
Sin embargo, y en curioso contraste con lo acontecido en el
resto de los países de Latinoamérica, en
Venezuela no fue desde los grandes salones de baile ni sobre
los suelos multicolores de las glamourosas discotecas
urbanas que varias de estas canciones se popularizaron, sino
a través de unos extraños artilugios
itinerantes del sonido y el entretenimiento llamados -nadie
sabe por quién ni desde cuándo-minitecas.
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Durante los últimos años de la
década de los 70, el advenimiento del disco
music sin duda reinventó la escena nocturna
universal. En aquel momento, el crecimiento y la
expansión de la economía venezolana
parecían un hecho irreversible. La heroica
nacionalización del petróleo y los
pasos cada vez más firmes -y saltarines- de
aquel Pérez patilludo y ye-yé, eran
el retrato perfecto de la prosperidad. Había
ganas de festejarlo; olor a barranco.
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La apertura de la discoteca City Hall en el recién
estrenado CCCT y la inmediata competencia de La Lechuga, en
la avenida Libertador, fueron definitivamente los templos de
la noche que pusieron a bailar disco music a los
caraqueños. En aquel momento, nadie imaginó lo
que estaba por venir.
Fósil disco. "Se
pusieron de moda las famosas picotadas, que no eran otra
cosa que una reunión de amigos con una picó
(pick-up)". El locutor veterano Enrique Hofmann, quien a
finales de los 70 formaba parte del popular staff juvenil de
Radio Capital, rememora los orígenes de la fiebre del
disco en Venezuela. "Yo diría que la primera vez que
escuché hablar de minitecas fue como en 1975".
De aquellas primeras minitecas o mobile sound -como
también se les mentaba-, llamaba particularmente la
atención la ingeniosa idea que tuvo un visionario del
sonido ambulante, que construyó una carreta, a imagen
y semejanza de las diligencias del lejano Oeste, con un
equipo básico de amplificación en su interior,
circundado por varias torres de barriles de whisky que
servían de soporte para las cornetas. Ocurrencia que
por absurda le valió al anónimo creador de La
Caravana -como se llamaba aquel prospecto de miniteca- una
súbita y rentable popularidad en cierto circuito de
las fiestas de Los Chaguaramos, Bello Monte y El
Paraíso.
"Entonces Radio Capital decidió organizar la primera
guerra de minitecas en el Poliedro de Caracas, en 1978, como
parte de la celebración de la pro-graduación
del liceo San Agustín", señala Hofmann.
Sobre la base de la experimentación y el
deslumbramiento por la novedad, el caprichoso
espectáculo atrajo a las primeras minitecas que
existían en Venezuela: T-Conecction y Explosion de
Caracas, Soul Train de Maracibo, Lechuga´s People,
Gipsy y muchas otras que hicieron gala de su inventiva e
improvisación para llevar a cabo un evento que
supuestamente hacía alarde de la nueva era de la
música, pero cuyos artífices contaban con
escasos recursos técnicos y una profunda ignorancia
sobre aquello que tiempo después llamarían
sonido e iluminación profesional. No obstante, la
primera guerra de minitecas fue un suceso nacional.
"En Radio Capital creamos un espacio donde las minitecas
enviaban sus cassettes de música mezclada", el
también locutor y animador Marco Antonio
"Musiuíto" Lacavalerie, quien cuenta con una dilatada
trayectoria en el medio juvenil venezolano, recuerda que
para la segunda "guerra" organizada en 1979 por el equipo de
Radio Capital, se precisaron varios aspectos
técnicos: "Establecimos un mínimo de 10 a 15
mezclas por cada 15 minutos para las minitecas, y se
exigieron también los tips de identificación
que luego se hicieron muy solicitados".
Con un concurrido público de 10.000 personas, el
espectáculo fue nuevamente una sensación
sólo equiparable a la generada en ciertos espacios de
los medios de comunicación nacionales que
sencillamente quedaron estupefactos con el improvisado
performance de un efusivo y talentoso "negrito" salido del
cuerpo de baile de Anita Vivas, quien en aquel momento
animaba las presentaciones de un programa de
televisión que transmitía el Canal 8, llamado
Disco Fiebre. La joven promesa bailaba, cantaba rap (o
cotorra, como le decían por acá) y contagiaba
a los presentes con una energía que parecía
salida de una planta eléctrica. Su nombre:
José Antonio Escobar, mejor conocido como Tony
Escobar o Tony Scott como se autobautizaría
años más tarde.
Durante aquella segunda jornada épica, fueron muchos
los que terminaron fascinados con esos voluminosos muebles
de madera (algunos forrados de alfombra, otros de
plástico y hasta de fórmica), decorados con
las letras de unos extraños nombres en inglés
que no significaban nada y de cuyas cornetas salían
las pegaditas del momento.
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Allí, confundido entre el efusivo
público de El Poliedro estaba un chamo del
San Ignacio de Loyola que no dejaba escapar un solo
detalle. Tal fue la fascinación que le
causó a Carlos Bóveda (o Charlie como
le decían en su primer año de
bachillerato) el festín minitequero de ese
día, que aquella tarde salió de La
Rinconada con un nombre rebotándole en la
cabeza: Sandy Lane.
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El mismo día, del otro lado del auditorio, en la
tribuna de enfrente, estaba un unido grupo del segundo
año del colegio La Salle, que además de
compartir sus gustos musicales tenía una peculiar
afición por la astronomía que les había
quedado tras sus paseos al planetario Humboldt. A Jhonny
(Cabrera) le centellaron los ojos con el espectáculo,
tanto, quizás, como la estrella más brillante
de la constelación de Orión: Betelgeuse.
Poder afro. "En
1979 el infierno se sintió bajo la cúpula de
El Poliedro... Ahora, tú también serás
afectado por 40.000 watios de poder de sonido...
Estás entrando al territorio desconocido del
Demonio... Paz a tus restos...". Además de ingenuos,
los tips de identificación que se pusieron de moda
entre "los minitecos" -como se decía a los
dueños de minitecas- grabados por Jesús
Leandro, Jofre Maestrachi, William Lara o cualquier locutor
del momento, también hacían posible la
tórrida competencia y la capciosa publicidad entre
las primeras minitecas de la imprevisible década de
los 80, que ya estaba a la vuelta de la esquina.
"Lo que más añoro es mi afro". Tony Escobar,
actual gerente de audio y tecnología de la emisora
92.9, todavía recuerda cómo fue que se
introdujo en el torrente de la fiesta musical que se
avecinaba.
"Yo era exactamente lo que es un MC hoy en día,
sólo que cantaba guachi-guachi, y muchas veces
tenía que vestirme formal". El número de
Escobar -exclusivo de la Sandy Lane- atrajo la
atención del público y de los dueños de
otras minitecas que rápidamente incluyeron un show
man dentro de sus paquetes.
"New York New York, otra de las que estaba empezando, se
buscó al discjockey Omar Gallegos -actual productor
del disco y la canción "Caracas de noche"- para que
animara sus eventos, bajo el rimbombante nombre
artístico de Bobby Smith".
En 1981 las minitecas se habían convertido en
fenómeno juvenil nacional. Toda persona entre los 12
y los 25 años de edad presumía de tener,
conocer o haber visto una miniteca. La larga lista de
opciones se hizo infinita: Lighting, The Drop, Fahrenheit,
Infierno, Excalibur, Dr Mix, Mad Ness, Raimbow, Magique, La
Rocola, Dislike y con ellas también creció
desmesuradamente una inofensiva, pero peliaguda "guerra
fría de los equipos de sonido e iluminación
profesionales", en la que cada una intentaba armarse de la
estrategia técnica más atractiva para
impresionar en piñatas y bautizos, en bodas,
parrandas y sobre todo en fiestas de inspiración
primaveral.
En ese momento ya estaba establecido lo que actualmente
resulta impensable. "Las minitecas eran más
importantes que los discjockeys que colocaban la
música, ellas eran el show, el artista", aclara
Escobar.
Cornetas por
misiles. Quizás, uno de los personajes que
más promovió esa competencia
tecnológica entre las minitecas fue Carlos
Bóveda, que actualmente es un reconocido
odontólogo que, por cierto, ha desarrollado infinidad
de aportes técnicos en su especialidad. Nada es por
casualidad.
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"En la Sandy Lane nos convertimos en un dolor de
cabeza para las demás minitecas. En cada
encuentro minitequero nos aparecíamos con un
invento diferente".
A su prolífica inventiva se le atribuye
la creación de la famosa Pared, un mueble
vertical que se colocaba detrás del
discplay, en donde se empotraban todos los equipos
que tuvieran luces, rodeados por una extensa
batería de bombillos.
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Asimismo, recuerda que Sandy Lane fue la
primera en emplear las anheladas cornetas toboganes para
mayor frecuencia de los bajos. "En las fiestas nos
medían los cajones de las cornetas cuando nos
descuidábamos, tomaban nota de cualquier cosa nueva
que tuviéramos para robarnos la idea", dice
Bóveda todavía sorprendido del espionaje de
los presuntos agentes minitequeros.
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Por su parte, Massimo Coletta, fundador en 1982 junto a
Paolo Caiazzo de la legendaria New York New York -luego New
York People por la apertura de una discoteca del mismo
nombre en Concresa- recuerda haber sido el primero en traer
a Venezuela las novedosas luces que convertían en
discoteca cualquier salón de fiestas: "Eran
españolas y las compramos por catálogo. Nos
trajimos la doble bola, la doble gusano, las cocteleras, las
arañas, los seguidores y la estroboscópica".
Más allá, la Betelgeuse introdujo la primera
máquina de humo en el mercado de la rumba nacional,
elaborada artesanalmente con un pipote, hielo seco y una
aspiradora de casa.
"Aquí no había conocimiento, de ningún
tipo, sobre equipos de audio profesionales,
trabajábamos con base en el ensayo y error", dice
Coletta al respecto de la "gran cantidad de equipos que
quemamos, cables que se incendiaron y apagones de edificios
completos que tuvimos que afrontar en mitad de las fiestas".
No obstante, para el año 83, las deficiencias
técnicas estaban superadas y los eventos que
celebraban con la magnificencia espectacular de las
minitecas proliferaban por toda la ciudad: los clubes
familiares, la concha acústica de Bello Monte, el
salón Regency, los principales hoteles de Caracas, el
Círculo Militar, las plazas: cualquier espacio
servía para armar la fiesta.
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El recordado festival del 84, en el Poliedro de
Caracas, ofrecía un heterogéneo
cartel, en donde se combinaba la actuación
de las bandas: PP´S, Metrópolis e Hydra
junto a "las mejores minitecas del momento: New
York New York, Betelgeuse y Sandy Lane. Asimismo,
la sobresaliente actuación de las minitecas
en el festival de breakdance del mismo año,
que se llevó a cabo en el estadio
Brígido Iriarte, arrojó muy buenas
críticas sobre los jóvenes
dueños de aquellas infraestructuras
itinerantes de sonido. Definitivamente, el mercado
se amplió y lo que inicialmente se
había concebido como el hobbie de moda entre
algunos grupos de amigos se convirtió en un
próspero negocio con abultadas
nóminas de empleados, contratos exclusivos,
complicados itinerarios de 20 fiestas mensuales y
flotas de camiones y trailers que desfilaban cada
fin de semana por el área metropolitana.
Igualmente, se amplió el radio de
actuación de las minitecas al incluirse sets
de salsa, merengue, paso doble y otras solicitudes
en rock y new wawe, para ciertas fiestas
"diferentes" del Este de Caracas.
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"Los verdaderos enemigos eran las grandes orquestas.
Recuerdo que la Billo´s y Los Melódicos nos
odiaban porque a medida que crecían las minitecas
ellos se iban quedando sin contratos", apunta José
Antonio Escobar de lo que fue una verdadera epidemia
nacional: "Ni siquiera eran los grupos de rock, de hecho
Pablo Dagnino (de Death Feeling) también mataba
tigres con su miniteca Speed". Escobar recuerda igualmente
que el Moncho Brujo -portero predilecto de la época y
padre del cantante Colina- nunca permitía que nada
les sucediera a "los chamos de la miniteca".
El imperio. Sin duda alguna,
la dedicación técnica y humana arrojó
sus resultados. A mediados de los 80, con contratos que no
superaban la cifra de 5.000 bolívares por seis horas
continuas de música, los chicos que antes eran la
piedra en el zapato de sus padres, se convirtieron en
prometedores empresarios.
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"A los 20 años teníamos una
independencia económica absoluta. Ibamos a
Nueva York dos veces al mes para buscar discos.
Compramos una lancha para ir a la playa, dos carros
último modelo, cinco motos, una camioneta y
cualquier cosa que se nos antojara", dice Coletta
quien logró que su miniteca New York New
York consiguiera un contrato de exclusividad en el
Hotel Tamanaco, que se extendió hasta el
año 91, y que le permitió
también concretar varios espectáculos
fuera del país, al igual que la
inclusión de su discplay en unos cuantos
cruceros que recorrieron el Caribe y las costas
venezolanas. "La miniteca llegó hasta
Suráfrica", señala todavía
orgulloso el único entrevistado para este
reportaje que todavía conserva la propiedad
de su miniteca New York People, más por una
razón afectiva que económica, ya que
en realidad está dedicado al negocio de la
construcción desde hace varios
años.
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"La última gran guerra de minitecas se hizo en el
año 85 y fue organizada por la emisora Caracas 750.
En esa oportunidad, los dueños del Poliedro
finalmente dieron el permiso para lanzarme en rapel desde la
parrillera de luces del techo, con un traje de la fuerza
aérea que me prestaron". Definitivamente, el show de
Tony Scott de aquella vez marcó el sentir de un
momento histórico en el que la exaltación
técnica y la grandilocuencia eran lo más
importante. No obstante, la fiebre minitequera se
extendió por unos cuantos años más,
pero apuntando ahora al mercado de los grandes eventos
multitudinarios.
La miniteca Sandy Lane, con sus 3 equipos y su
increíble despliegue luminotécnico,
había sido vendida -por cansancio y compromisos
universitarios de sus dueños del grupo de Carlos
Bóveda - en 1984, por varios millones de
bolívares al astuto dueño de Betelgeuse, quien
para ese entonces ya tenía un plan millonario metido
entre ceja y ceja.
De miniteco a magnate del
espectáculo. Johnny Cabrera, hoy en día
presidente de la renombrada productora de eventos Water
Brothers de Venezuela, recuerda cómo llegó a
agrupar el monopolio minitequero del país: "Al final,
tenía 11 equipos en total: 3 Betelgeuse, 3 Sandy
Lane, 2 The Drop, 2 Empire y una microteca".
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Con la hipercomercialización, el
fenómeno dejó de ser novedad para
convertirse en una industria establecida que ya no
asombraba a nadie. La última "guerra"
había arrojado una serie de hechos violentos
entre las pandillas de Santa Mónica y la
Hermandad Gallega, la amenaza latente que
persistía por la presencia de las patotas
caraqueñas de Gladiadores, Centuriones y
Anticristos ponía en riesgo la
realización de cualquier espectáculo
juvenil mientras la magia del sonido y la
iluminación profesional se iba esfumando
lentamente, para dar paso a un nuevo tipo de
entretenimiento: el show business. Lo demás
es historia reciente.
Según Cabrera, los equipos de todas sus
minitecas fueron vendidos a una empresa proveedora
de audio e iluminación llamada Dino Acoustic
y es probable que todavía descansen,
olvidados y cubiertos de polvo en algún
depósito perdido del territorio
nacional.
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El legado de las minitecas quedó registrado en varios
discos editados por Sonográfica y Rodven durante la
década de los 80, y también se mantiene
intacto en las mezclas -inventadas por los discjockeys de
antaño- que siguen sonando a altas horas de la
madrugada en algunas emisoras de radio y en cuanta miniteca
trasnochada todavía ande dando tumbos por el interior
del país.
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